Sentado frente al televisor, Bruce apuraba las horas de la tarde de un domingo cualquiera («aprendí más con una canción de tres minutos en el tocadiscos que con muchos días de escuela», cantaría años después) como cualquier chaval americano de pueblo, como cualquier crío de apenas nueve añetes de una familia humilde y obrera de un suburbio cualquiera de cualquier estado de la Unión. Su padre, Douglas Springsteen apuraba otra cerveza y hacía cuentas para ver si por una vez llegaban holgadamente a fin de mes. Douglas comenzó a escuchar golpes sincopados y tarareos que venían del cuarto de estar. Fue hacia allí y no dio crédito a lo que veía. Su hijo Bruce, con los ojos clavados en el televisor y bailando y chillando como un poseso. En la pantalla, un tipo de apenas veintidós años no paraba de cantar apasionada y visceralmente y de contonearse como un negro. Aquel chavalín de nueve años acababa de tener su visión, la visión del sueño a la que todo americano, por pobre, rutinaria y desesperanzada que sea su existencia, tiene derecho. «Cuando vi a Elvis, supe que el rock and roll iba a ser mi vida y mi futuro», contaría años después.
Mucho ha llovido desde que Presley cambiara el curso de la historia de la canción popular, pero aquella música (del demonio, decían) sigue viva y coleando gracias a otros artistas que recogieron el testigo, que siguieron avivando el fuego de la hoguera, que aprendieron la ciencia y la esencia de las enseñanzas del genio de la pelvis inquieta. Artistas como el Springsteen que ayer se vio en el Palacio de los Deportes, un Springsteen que a sus 58 años sigue interpretando la vitalidad y el descorche de sentimientos de un género que en sus manos y en su voz (y en la de los chicos de la E. Street Band, la tuneladora particular del rock and roll que Bruce comanda) casi se antoja inmortal, todavía rebelde, y enormemente saludable y emotivo.
Andanada de órdago
Lo de anoche no tiene nombre. O sí: concretamente varios: Bruce, Steve, Clarence, Roy, Sophie, Max, Charles y Garry, los ocho rockeros que ayer se cenaron a las quince mil almas (y un solo corazón) que atestaban el coliseo de la Avenida de Felipe II. Un escuetísimo «Hola Madrid», y Bruce y los suyos que se lanzan al ataque de frente y por derecho con la pirmera andanada de órdago (a la grande, que el «Boss» no es jugador de chica): «Radio nowhere» («quiero guitarras, quiero baterías contundentes, quiero ritmo, ritmo»), una versión escalofriante del clásico «No surrender» («Como camaradas en la trinchera, con un causa que defender, no retroceder, nena, no darnos por vencidos»), «Lonesome day», y la armónica polvorienta (sabor de cactus y dunas) de «Gypsy byker», o «Magic» en una versión sombría, trufada de espiritual. Una tanda de canciones interpretadas con el coraje y la precisión habituales en Bruce y los suyos, que el Jefe cierra con una desgarrada y trémula «Reason to believe» («A veces, es difícil saber cómo al final del día, la gente aún encuentra alguna razón para creer»), en clave de blues.
El torrente emocional y musical del escenario era respondido por un público metido en faena y que se las sabe todas y al que Bruce le da lo suyo, le da su auténtico merecido con un ramillete de viejas tonadas maravillosas, carne de nuestra carne, como «Darkness in the edge of town», «Candy's room» y «She's the one», que dejó paso a una de esas piezas, «Livin in the future», con las que Bruce está ajustando cuentas con ciertas políticas de su nación: «Hay cosas que están pasando en América, como la pérdida de derechos civiles y las guerras innecesarias que nos duelen en nuestro corazón de americanos y de ciudadanos del mundo. Así que a luchar».
Las flechas del amor
Éste fue el único discurso de Springsteen en toda la noche, porque el rock and roll prometeico e incendiario pedía paso con «The promised land» («Señor, ya no soy un niño, soy un hombre que cree en la tierra prometida»), antes de adentrarse en el «Tunnel of love», y declarar altanero y enamoradísimo en «I'll work for your love» . «Working in the highway» (otro clásico), «Devil's arcade», «Last to die» y «Long walk home» llevaron de nuevo a los espectadores hacia los infiernos personales (y nacionales) de Bruce, que tras dos horas seguía hecho un toro (de Osborne) plantado en las autopistas del rock, un rayo que no cesa.
Apenas un minuto de descanso y «Girls in the summer clothes» («para las chicas de Madrid», y «para una chica de Nueva Jersey», la ausente Patti, sin duda), antes de dejar maltrechos los corazones, aventados los recuerdos, y deshilachada la memoria con «Badlands», «Thunder road», «Born to run», «Dancing in the dark» y «American land», esa tierra americana que siempre es el paisaje favorito de las canciones de Bruce Springsteen. Esa tierra que anoche, una vez más, nos abrió de par en par y por la que volvió a ser guía y cicerone, montado a lomos de ese caballo de las películas de John Ford, ese caballo negro al que llamaron, y seguimos llamando, rock and roll.
ABC