A mano amada
A mano amada,
cuando la noche impone
su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;
allí, en la esquina más negra del
desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,
los recuerdos me asaltan.
Unos empuñan tu mirada verde, otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos, ¡el olvido o la vida!, me reclaman.
Reconozco los rostros.
No hurto el cuerpo.
Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo: la memoria.
"El Cuento de las Arenas" Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas, después de pasar a través de toda clase y trazado de campiñas, al fin alcanzó las arenas del desierto. Del mismo modo que había sorteado todos los otros obstáculos, el río trató de atravesar este último, pero se dio cuenta de que sus aguas desaparecían en las arenas tan pronto llegaban a éstas.
Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto, y sin embargo, no había manera. Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo, le susurró: "el Viento cruza el desierto, y así puede hacerlo el río."
El río objetó que se estaba estrellando contra las arenas, y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto.
"Arrojándote con violencia como lo vienes haciendo, no lograrás cruzarlo. Desaparecerás, o te convertirás en un pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino."
¿Pero cómo podría esto suceder? "Consintiendo en ser absorbido por el viento."
Esta idea no era aceptable para el río. Después de todo, él nunca había sido absorbido antes. No quería perder su individualidad. "¿Y, una vez perdida ésta, cómo puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?"
"El viento", dijeron las arenas, "cumple esta función. Eleva el agua, la transporta sobre el desierto y luego la deja caer. Cayendo como la lluvia, el agua nuevamente se vuelve río."
"¿Cómo puedo saber que esto es verdad?"
"Así es, y si tú no lo crees, no te volverás más que un pantano, y aún eso tomaría muchos, pero muchos años; y un pantano, ciertamente no es la misma cosa que un río."
"¿Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?"
"Tú no puedes en ningún caso permanecer así", continuó la voz.
"Tu parte esencial es transportada y forma un río nuevamente.
Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial."
Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del río. Vagamente, recordó un estado en el cuál él, o una parte de él, ¿cuál sería?, había sido transportado en los brazos del viento. También recordó- ¿o le pareció? - que eso era lo que realmente debía hacer, aun cuando no fuera lo más obvio.
Y el río elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a lo lejos, dejándolo caer suavemente tan pronto hubiera alcanzado la cima de una montaña, muchas pero muchas millas más lejos. Y porque había tenido sus dudas, el río pudo recordar y registrar más firmemente en su mente, los detalles de la experiencia. Reflexionó: "Sí ahora conozco mi verdadera identidad."
El río estaba aprendiendo, pero las arenas susurraron: "Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras día, y porque nosotras, las arenas, nos extendemos por todo el camino que va desde las orillas del río hasta la montaña."
Y es por eso que se dice que el camino en el cual el Río de la Vida ha de continuar su travesía, está escrito en las Arenas.
(Esta hermosa historia es corriente en la tradición verbal de muchas lenguas, circulando casi siempre entre los derviches y sus discípulos.
Fue transcripta en la obra "La Rosa Mística del Jardín del Rey" de Sir Fairfax Cartwright, publicada en Gran Bretaña en 1899.
La presente versión es de Awad Afifi el Tunecino, que murió en 1870.)
"El Jinete y la serpiente"
Existe un proverbio que dice: la "oposición" del hombre de conocimiento es mejor que el "respaldo" del tonto.
Yo, Salim Abdali, doy fe de que esto es cierto en los niveles más elevados de la existencia así como también lo es en los más bajos.
Esto se pone de manifiesto en la tradición de los Sabios, que han transmitido el cuento del Jinete y la Serpiente.
Un jinete, desde su aventajada posición, vio cómo una serpiente venenosa se deslizaba por la garganta de un hombre que dormía. El jinete sabía que si se dejaba dormir al hombre, el veneno seguramente lo mataría.
En consecuencia, sacudió al hombre dormido hasta que despertó. Sin perder tiempo, lo obligó a ir hasta un lugar donde había manzanas podridas tiradas en el suelo y lo obligó a comerlas. Luego, lo forzó a que tomase, de un arroyo, grandes tragos de agua.
Mientras transcurría todo esto, el hombre trataba de escapar, gritando: "¿Qué es lo que he hecho, enemigo de la humanidad, para que abuses de mí de tal manera?"
Finalmente, cuando estaba casi exhausto y anochecía, el hombre cayó al suelo y vomitó las manzanas, el agua y la serpiente. Cuando vio lo que había vomitado comprendió lo ocurrido, e imploró el perdón del jinete.
Esta es nuestra condición. Al leer esto, no toméis historia por alegoría, ni alegoría por historia. Aquellos que están dotados de conocimiento tienen responsabilidad. Aquellos que no lo están, nada tienen aparte de sus conjeturas.
El hombre que había sido salvado dijo: "Si me hubieras dicho, hubiese aceptado tu tratamiento de buen grado."
El jinete contestó: "De habértelo dicho, no lo hubieras creído. O te habrías paralizado de terror. O habrías escapado. O te hubieses dormido nuevamente, buscando el olvido. Y no hubiese habido tiempo."
Espoleando su caballo, el misterioso jinete se alejó.
(Salim Abdali (1700-1765) hizo que se abatiesen sobre los Sufis calumnias casi sin precedentes provenientes de los intelectuales, al sostener que un maestro Sufi sabe lo que aqueja a un hombre, y puede tener que actuar rápida y paradójicamente para salvarlo, provocando, con esto, la furia de aquellos que no saben lo que está haciendo.
Abdali cita esta historia de Rumi. Aún hoy, probablemente, habrá muchas personas que no aceptan las ideas que este cuento pretende transmitir. Sin embargo esta declaración ha sido aceptada, de una forma u otra, por todos los Sufis. Comentando este hecho, el maestro Haidar Gul sólo dijo: "Hay un límite más allá del cual es malsano para la humanidad ocultar la verdad para no ofender con ella a aquellos cuyas mentes están cerradas.")
"Los ciegos y la cuestión del elefante"
Más allá de Ghor había una ciudad. Todos sus habitantes eran ciegos. Un rey con su cortejo llegó cerca del lugar, trajo su ejército y acampó en el desierto. Tenía un poderoso elefante que usaba para atacar e incrementar el temor de la gente.
La población estaba ansiosa por ver al elefante, y algunos ciegos de esta ciega comunidad se precipitaron como locos para encontrarlo.
Como no conocían ni siquiera la forma y aspecto del elefante tantearon ciegamente, para reunir información, palpando algunas partes de su cuerpo.
Cada uno pensó que sabía algo, porque pudo tocar una parte de él.
Cuando volvieron junto a sus conciudadanos, impacientes grupos se apiñaron a su alrededor. Todos estaban ansiosos, buscando equivocadamente la verdad de boca de aquellos que se hallaban errados.
Preguntaron por la forma y aspecto del elefante, y escucharon todo lo que aquellos dijeron.
Al hombre que había tocado la oreja le preguntaron acerca de la naturaleza del elefante. El dijo: "Es una cosa grande, rugosa, ancha y gruesa como un felpudo."
Y el que había palpado la trompa dijo: "Yo conozco los hechos reales, es como un tubo recto y hueco, horrible y destructivo."
El que había tocado sus patas dijo: "Es poderoso y firme como un pilar."
Cada uno había palpado una sola parte de las muchas. Cada uno lo había percibido erróneamente. Ninguno conocía la totalidad: el conocimiento no es compañero de los ciegos. Todos imaginaron algo, algo equivocado.
La criatura humana no está informada acerca de la divinidad. No existe Camino en esta ciencia por medio del intelecto ordinario.
(Este cuento es más famoso en la versión de Rumi "El Elefante en la casa oscura", que se encuentra en el Mathnavi. Hakim Sanai, maestro de Rumi, nos da esta anterior versión en el primer libro de su clásico Sufi "El Amurallado Jardín de la Verdad". Murió en 1150.
Ambas son historias extraídas de un argumento similar, que de acuerdo con la tradición, ha sido usado por maestros Sufis por varias centurias.)
No estabas en París, Francesillo, ni caía un aguacero. Era un hospital cercano a Madrid, millón de cadáveres, la plaza que viniste a conquistar desde el páramo vallisoletano a golpe de picardía, metáforas y genuflexiones. Te mueres, Francesillo, de enfermedades y aburrimiento –contempló su obra con sosiego y se tumbó a descansar– y la derecha españolísima –charol azul y terno gris marengo– saluda tu cuerpo (des)velado y rinde homenaje. Te leían por las negritas y tú, escritor en periódicos, acariciabas su piel con huidiza garra de gato callejero, cotidiana y felina presencia que, con el correr del tiempo, olvidó –de tanto ronronear en tupidas alfombras– que era salvaje. Las lubinas, Francesillo, ribeteada de oro la vajilla y la conversación, atravesaron tu corazón herido de eurocomunismo y Baudelaire, hasta que te rompieron la columna, ea, mi niño, ea, tu vertical dignidad trufada de resentimiento.
El purgatorio abre portones de bronce y tú, Francesillo, greguería andante, aprendiz de bancario, falsamente enhiesto, ser de lejanías, despides a las visitas con estudiado gesto, espejo de lo que somos, antes de subirte en los grandes expresos europeos de la muerte –castizo Morand de buhardillas y amores fugaces– acompañado de Ruano y su uña, otro afilado estilete que tampoco rasgaba, pese al preciso adjetivo y el cinismo de velador, nada. Vas y te apartas, Francesillo, embalsamado de premios, y así, claro, no hay manera de ganar una guerra. Ésa que habías perdido, en tu incierta juventud, tantas veces.
Nos saludamos en la Fiesta del PCE, septiembre de 2002. Leíste unos versos. «Van a dar mi poema en Mundo Obrero, que sigue saliendo y nos llega a unos cuantos como un pájaro alborotado y milenario, lleno de verdades y de entusiasmos», escribiste. Bardem iba en silla de ruedas y Agustín González, Haro Tecglen y tú, cuarteto de ausentes, wild bunch, recorríais el auditorio incendiado de aplausos. Cantaba Bardem e insistías: «Nunca he asistido a una Internacional más íntima y grandiosa, más sentida y verdadera».
Ahí te salía lo que llevabas dentro, Francesillo, el rojo que, soñando con Proust y Mallarmé, leyendo a los laínes (toda época tiene los suyos) intimaba en las pensiones de Argüelles con viajantes de comercio y mecanógrafas, Hernández y Lorca, con el 27. Te explotaba la épica de la izquierda, Francesillo, ea, mi niño, ea, los encuentros con Dolores, la brechtiana esencia, y por eso, todavía, pese a los elogios a Rajoy y demás zalamerías, sigo pensando que eras de los nuestros –como si supiera quiénes somos–, aunque ni tú, insomne en la dacha de marfil, te acordaras.
Incinerado, qué solos se quedan los muertos tras la ceremonia, paseas vestido de lírico, chaleco amarillo, antítesis de los correajes de la posguerra eterna, sempiterna, tan trágica y gris, y vives en conversación con los difuntos, Francesillo, aterido de frío, bufanda de esparto, en este diciembre que despierta los neones mientras tus manos, transparentes, prenden fuego a las teclas y abres –torerillo de redacciones– con un hallazgo, un sintagma cruzado, tus cosas. Las cebollas susurran una nana para ti, ea, mi niño, ea, Francesillo, poeta.
"El Mundo" 30/11/07
"Autorretrato"
Foto: Marta Castejón
Rafael Reig: "Las botas de Juan Gelman"
Me he alegrado mucho del premio a Juan Gelman. Es un buen poeta y lo merecía.
Conocí a Gelman (como tantas otras cosas) gracias a Antonio Orejudo, a finales de los ochenta. Antonio le había conocido en un recital, en Nueva York. Llegó Gelman, leyó sus poesías, habló un poco y luego, como siempre, hubo un turno de preguntas. Antonio, que entonces era bastante gamberro (igual que yo), levantó la mano.
-Oiga, Gelman, lo que más me ha gustado de su poesía son sus botas: ¿dónde se las ha comprado?
Se lo tomó bastante bien, para ser poeta: levantó un pie, se remangó un poco el pantalón vaquero, se miró la bota de cuero negro y explicó dónde las había comprado y a qué precio. Creo recordar que eran doscientos dólares.
-Gracias, son un poco caras para mí -respondió Orejudo.
Entonces ganábamos Orejudo y yo ochocientos dólares al mes.
Luego me dijo Orejudo que leyera a Gelman, que a él le había gustado mucho un poema de unas enfermeras locas y las tetas de Dios, si Dios fuera una mujer. Lo hice. Me encantó, sobre todo aquel poema que me recomendó Antonio, y que empieza: "lo que hacemos en nuestra vida privada es cosa nuestra", dijeron las Seis Enfermeras Locas del Pickapoon Hospital de Carolina.
Y acaba: ¿Y si Dios fuera las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno.
Las tetas de Dios, ¡qué cosas se les ocurren a los poetas! ¿En qué estaría pensando Gelman, con sus carísimas botas de cuero negro?
A partir de aquel poema, empecé a leer a Gelman. Hasta hoy. El
premio ni quita ni pone nada a un poeta como tal. Como persona le hará feliz, supongo, y le dará dinero (que no es poca alegría).
Para nuestra cultura es bueno que este premio, tan desprestigiado, cambie la designación del jurado. De los once jurados, nueve son designados por organismos oficiales próximos al Gobierno. Eso explica que siempre se lo den a quien le interesa al Gobierno de turno.
Algunas veces, sin embargo, como en esta ocasión, el premiado se lo merece. He oído que entre los finalistas estaba el mexicano José Emilio Pacheco. También se lo merece. Mi amiga colombiana Ángela Pérez me recitó en Queens un poema de Pacheco que me gustó mucho. Éste:
En las casas antiguas de esta ciudad las llaves del agua
tienen un orden diferente.
Los fontaneros que instalaron los grifos
hechos en Norteamérica
dieron a C de cold el valor de caliente.
La H de hot les sugirió agua helada.
¿Qué conclusiones sacar de todo esto?
- Nada es lo que parece -
Entre objeto y palabra
cae la sombra
A partir de ese poema, empecé a leer a Pacheco. Hasta hoy. Lo cuento por si acaso, por a alguien le pasa lo mismo que a mí y estos dos grandes poetas encuentran nuevos lectores.
Por mi parte, me encantaría comprarme unas botas negras de cuero como las de Juan Gelman. Lo que pasa es que, para mí, siguen siendo un poco caras. Me conformo con seguir leyendo sus poemas.
Vivimos en un estanque. Parece un lago, pero es un estanque. El agua se agita despacio al compás de las ocurrencias y las modas, nuestras tempestades cotidianas. En la pequeña isla de la incertidumbre y las frustraciones -combatidas en Occidente por los psicofármacos, el coche grande y la casa adosada- una parte de la izquierda (moral y marginal) lee libros cubiertos por el polvo de décadas de exilio y represión, muertes físicas y editoriales, añora épocas de creación espontánea (lucha de clases) y expulsa los demonios interiores -no los del jardín, que no tenemos- con una exagerada dosis de cinismo. Otros (lectores de Paul Auster y El País, por situarnos con dos bruscas pinceladas), los modernos o reformistas -sin querer abandonar el prestigio histórico de las siglas y los postulados estéticos que cimentaron décadas de enfrentamientos- piensan en recalificar el erial patrio -maniobras electorales, hoy por ti, mañana por mí- o en adecuar el discurso político al tiempo presente, a los cambios marcados (siempre) por la agenda de los gobernantes y sus redes bancarias. Ignoran estos reformistas, es su determinante condición, que el tiempo ya no discurre de forma lineal hacia el progreso (sabido desde Agustín de Hipona hasta Fukuyama pasando por el lustroso Hegel) sino que este presente, que se hace eterno (elástico) cada instante, es el continuum del nuevo/viejo capitalismo, su tiempo real de combate, ahora en esta nueva fase expansiva, consumista, bélica e imperial.
Nuestra noción clásica, judeocristiana, de tiempo -pasado, presente y futuro, la trinidad del discurrir vital, el ciclo natural- ha cambiado ante nuestros ojos sin darnos cuenta. El pasado es remoto, otra vida, memoria sentimental, Cuéntame, leyenda y/o guión de cine, y el futuro ya está aquí, insiste la mercadotecnia y la publicidad. El presente ha quedado suspendido, como si estuviera entre paréntesis diría Husserl -el fenomenólogo borrado de la dedicatoria de El ser y el tiempo (segunda edición) por el nazismo cultural del poeta Heidegger- encerrando el sentido y la referencia histórica del mundo desarrollado (sic) en una deslumbrante noria de estímulos y respuestas automáticas: el supermercado universal, abierto 24h. Este cambio de paradigma, low cost, de marco semántico y conceptual (No pienses en un elefante de Lakoff desarrolla esta idea al hilo de las técnicas de comunicación política de los neocons y los demócratas USA, y para aquellos que quieran saber más del asunto, Moral politics. How liberal and conservatives think, Chicago, 2002), se ha producido de manera sutil, inapreciable. Esta mutación ha convertido la realidad en reproducción e imagen: multiplicación de mercancías. En este ir y venir por los acogedores pasillos del instante, en este alocado devenir sin movimiento (la bóveda celeste de los antiguos), la alternativa anticapitalista ha sucumbido por la combinación de la fuerza centrífuga, que expulsa a los individuos y los discursos hacia las tinieblas exteriores, y la centrípeta, esa (falsa) tensión interior que ha logrado llevar hasta el centro mismo de la acción y la creación (el desagüe de la política) cualquier intento subversivo al convertirlo en parte de la renovada identidad industrial: piezas del museo de la memoria.
Estamos asistiendo al final de las organizaciones de izquierda revolucionaria, anticapitalista. Las horas caen del reloj (relojes, en sentido metafórico, sin segundero) y las manecillas se clavan en los recuerdos, en los páramos donde nunca amanece mientras los muertos, en las cunetas, juegan al tute. La brillante novela/ensayo Museo de la Revolución de Martín Kohan da cuenta de ello hablando, al revés, del instante y la aceleración. Al fondo, amontonados en alguna escombrera, tratando de levantar la cabeza del barro, los jóvenes antisistema, antiglobalización, alzan la voz desordenada y su música sincopada. Quizá en ellos esté la nueva respuesta. En ellos y en los miles de desheredados que corren por las acequias en busca de su tiempo perdido, un modelo alejado del presente descoyuntado que inspira tanto violento anuncio de detergentes, hipotecas y amores fugaces. Zombis en la izquierda y beatos, más vivos que nunca, en la derecha. La guerra, extendida al mundo, sigue, persevera en su ser, en su naturaleza delictiva y criminal.
Pedro Salinas: "Ayer te besé en los labios"
Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto,
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más. El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada ya,
para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no...
-¿Adónde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.
Antes de que la Unión Soviética fuera invadida por los nazis en 1941 y tuviera lugar la batalla de Stalingrado (1942-43), que es el núcleo temporal y espacial de la novela de Vasili Grossman, gran parte del pueblo ruso ya había sufrido en carne propia las deportaciones y los campos de concentración de Stalin, y los «privilegiados» ciudadanos que se habían salvado de las sucesivas purgas del «padrecito» ya presentían que un cerco, más espantoso si cabe que el alemán sobre Stalingrado, se iba estrechando inexorablemente en torno a ellos.
Acontecimiento bélico. Ciertamente, Vida y destino remite a la Guerra y Paz de Leon Tolstói pero no sólo por su estructura, por narrar un acontecimiento bélico trascendental para Rusia a través de los miembros de un grupo familiar y sus allegados -Tolstói se sirve de dos familias- sino también por retratar la decadencia de una clase social, en el caso de Tolstói de la aristocracia zarista y en el de Grossman de la que podríamos llamar «aristocracia roja», esto es, de esos «privilegiados» ciudadanos que acabamos de mencionar, de la élite intelectual y militar bolchevique de la Revolución de 1917 que Stalin y sus monstruosas purgas fueron borrando concienzudamente, junto a millones de rusos, del mapa de los vivos. De hecho, los personajes de Vida y Destino se refieren una y otra vez al año 1937, porque no sólo supuso el principio de la represión contra los dirigentes del Ejército Rojo -fundado por el «traidor» Trotsky- sino también la consolidación de la carta blanca de Stalin para justificar la eliminación de cualquier tipo de disidencia. A partir de 1937, en la Unión Soviética dejaron de existir los presos «políticos»: sólo había «enemigos del pueblo».
Obviamente, en una obra como Vida y destino es imposible disociar la trama histórica de la trama del corazón humano, pero también, como ocurre en todas las grandes novelas épicas, es el aliento lírico el que la dota de grandeza; no en vano, el mismo Grossman reelabora esta consideración cuando describe la alegría que siente un grupo de científicos -el físico Víctor Shtrum es uno de los protagonistas del libro y también el álter ego del autor- al reencontrarse en Moscú después de su evacuación a Kazán: «Todos aquellos hombres (?), al reunirse percibían una de las formas más elevadas de poesía que existe, la poesía de la prosa. (?).Fórmulas escritas con los dedos rojos y congelados (?), los empujones por los cupones de comida (?)?Todo aquello de repente perdió importancia» (pp. 571-572).
Tejido bordado. Vasili Grossman, que fue corresponsal del Ejército Rojo en la batalla de Stalingrado -y hasta el final de la Guerra, en Berlín-, dispuso de una amplia y detallada información para construir el tejido histórico de Vida y destino, pero si no hubiera bordado magistralmente ese frío tejido con los cálidos hilos de los sentimientos y los pensamientos individuales de cada uno de los muchos personajes de su novela, ésta no calaría tan hondo como cala en el lector. Ni el documental más crudo de los campos de concentración nazis podría provocar la emoción que, por ejemplo, suscita la doctora judía Sofia Ósipovna -con unos hombros fuertes y blancos que «nadie había besado»- cuando, ya dentro de la cámara de gas, el niño sin familia que tenía cogido de la mano se derrumba en sus brazos: «"Soy madre", pensó. Ése fue su último pensamiento» (p. 707). Ni tampoco, asimismo, el estudio más exhaustivo sobre los procesos estalinistas podría dar cuenta de la espantosa apreciación del veterano Krímov, comisario del Ejército Rojo, cuando un juez instructor de la Lubianka, la tristemente célebre sede de la policía secreta soviética, se pone a hablar por teléfono con su mujer durante su dantesco interrogatorio: «Y el mismo Krímov sentía claramente que ya no era un hombre, porque en presencia de un extraño no se mantienen conversaciones de ese tipo: "Te beso en los labios?, no quieres, bueno, está bien, está bien"» (p. 989).
«Entre millones de isbas rusas no hay ni habrá nunca dos exactamente iguales. Todo lo que vive es irrepetible. Es inconcebible que dos seres humanos, dos arbustos de rosas silvestres sean idénticos? La vida se extingue allí donde existe el empeño de borrar las diferencias y las particularidades por medio de la violencia». En este párrafo de las primeras páginas de Vida y destino Vasili Grossman resume el espíritu de su vasta y extraordinaria novela que nos trae a la memoria una reflexión de Aristóteles: «En la poesía hay más verdad que en la historia».
La edad me ha ido dejando
sin venenos, malgasté poco a poco
esa fortuna,
¿qué más puedo perder?
Es el tiempo ruin de los antídotos.
Materia devaluada, la aventura
disiente de ella misma y se aminora.
Ya sólo quedan rastros de peligros,
una zona prohibida apenas frecuentada,
la pauta exigua de lo inconfesable,
cierto amago fugaz de furia y desacato.
La osadía de bordes delictivos,
los deseos gastados
en los turbios dispendios de la infidelidad,
la virtud y su inercia depravada,
el amor desangrándose
como un licor impuro, la excitante
trastienda de la noche,
¿qué se hicieron?
El poeta sudanés Al-Saddiq Al-Raddi parece inquieto con el vuelco político que toma nuestra conversación. Baja la cabeza y se dirige a nuestro intérprete: "Esto está volviéndose muy político, y realmente no soy experto en este tema. El aspecto cultural es mucho más importante". Nos explica cómo los poetas sudaneses de su generación han negociado con la doble identidad del país, con su posición singular de nación miembro del mundo árabe y de África. Él mismo se sitúa en el centro de un mosaico de identidades múltiples, donde la complejidad no acostumbra a salir, según él, en las discusiones sobre los problemas políticos del Sudán. "Las culturas árabes, islámicas y africanas no existen de forma aislada en Sudán", afirma, pero la política tiende a transformar los vínculos en profundas divergencias. El estado coloca la cultura sudanesa en el contexto árabo-musulmán, pero "mi generación empieza a darse cuenta de que existe una cultura sudanesa y que es muy rica. La tradición árabo-musulmana forma parte de la cultura local, pero la experiencia africana es igual de importante". Al-Raddi espera poder crear en Sudán un organismo de traducción literaria para establecer puentes entre los escritores sudaneses, tanto los que trabajan en árabe y en inglés, como los que lo hacen en alguna de las trescientas lenguas del país, como el zandé y el dinka. Rebelión
"... Yo he visto cosas que vosotros no creeríais, atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos "C" brillar en la oscuridad cerca de la puerta de "Tanhauser". Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.... es hora de morir". Roy Batty (Rutger Hauer) en Blade Runner .