Fue una madrugada neblinosa de otro noviembre madrileño. Montse y yo llevábamos medio año juntos, y apenas hacía mes y medio que los grises nos habían dado un buen susto (una metralleta en el estómago) en los jardines de la Plaza de Oriente, una atardecida en la que paseábamos nuestros amores primerizos, bajo las atentas miradas de los destartalados reyes godos. Montse, rubia hasta lo inverosímil para una española, con su poncho, y yo haciéndomelas de Che, con una boina comprada en Yustas, de la Plaza Mayor.
Montse y yo «crecimos en la oscura presencia de su risa», que escribió un poeta granadino, también de nuestra quinta, amo y señor de un jardín extranjero. En mi casa nadie brindó con cava (champán lo llamábamos entonces). Quizá mi abuelo, o mi padre, dijo algo como «Gracias a Dios. Que Dios nos ayude». En cuanto pudimos, Montse y yo hablamos por teléfono, hablamos, claro, de esperanzas. Era una mañana fría de un noviembre por la que quiso pasar la nave de la Historia. Aquel hombre que nos miraba desde el No-Do, desde los pantanos y los polos de desarrollo, yacía a unos pasos de casa, en el Palacio Real, mientras miles de españoles aguardaban para despedirse de él. Yo no me despedí. Ni mi abuelo, ni mis hermanas, ni mis padres. Tampoco mi abuelo Félix pudo despedirse. La cárcel y la tristeza habían podido con él, hacía ya unos años. Aquel día de noviembre no hubo colegio y quedamos en la Plaza Mayor. Jamás se me olvidarán los rostros de la gente que hacía cola en la calle del Arenal, ni sus lágrimas, pero tampoco las medallas, ni las camisas azules. Montse y yo nos separamos.
Supongo que a estas horas, treinta años después, andará de compras por algún híper de las afueras. Otros amigos quedaron en la cuneta por culpa del caballo desbocado. Alguno es ingeniero y paga su hipoteca. De muchos no he vuelto a saber nada. Pero seguro que cada 20 de noviembre vuelven a sentir un nudo en la garganta, el del miedo, pero también el de los sueños de esos años, de entonces, cuando empezamos a dejar de ser los mismos. Vuelvo a abrir la puerta del jardín extranjero y pienso que todo pasó en aquel tiempo, «un tiempo feliz el que vivimos, según dijeron luego».
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Me repugnan las apologías del fascismo y de los dictadores opresores como lo fue Franco
no sé muy bién lo que quieres decir, manfred, pero sinceramente creo que te equivocas, pero bueno...
Mi ojo tampoco lo vió nunca, creo, el monstruo agonizada pocos días después de que yo soplase la vela de mi primer cumpleaños. Pero mi cerebro sí recibió su patética imagen y no se en qué momento quedó registrada, si fue entonces, de forma inconsciente, o después, sólo se que aquel retrato quedó asociado para siempre en el cerebro elemental de aquella niña, al “mal”, ese terrible concepto que instalaron en él.
Ahora esa asociación básica se ha convertido, después de un largo proceso racional, en algo mucho más fuerte. Supongo que tan fuerte como lo que ayer, como año tras año, movió el culo de los fascistas. Miré sus ojos y reflejaban esa fuerza aterradora. Algunos eran ojos jóvenes, tanto como el de Lucía. ¿Cómo es posible todavía?
Manfred, tú crees que ese artículo es una apología de Franco? Cuántos libros has leído en tu vida, hijo mío...? Es todo lo contrario y es de una tristeza conmovedora... y además es un homenaje a todos los que hicieron algo contra Franco, aunque sólo fuese ponerse una boina o comprarse un disco de Paco Ibáñez...
Manfred, hijo, explícate, no es posible que lo hayas entendido todo al revés.
Igual te referías a alguna otra cosa, igual te equivocaste de apartado, como yo....