Mientras las páginas de los diarios y los micrófonos de radio y de televisión se llenan de babas y de bilis y otros líquidos venenosos (y no por mor del mensajero), apetece recordar, con la melancolía y la paciencia que van dando los años, a un hombre al que en estos días se ha rendido homenaje al cumplirse los veinte largos y tuneladores años de su desaparición: Enrique Tierno Galván, aquel Alcalde de Madrid. Aquel hombre, aquel profesor, que le devolvió a Madrid el pulso de vivir, la alegría de estar viva. Madrid era una ciudad en blanco y negro, o mejor, en gris (en grises, sobre todo en grises, ¿o también lo hemos olvidado?) y él, nuestro Corregidor, trajo a las calles colores y calores, olores y sabores. No a solas, por supuesto. Ciudadanos de todas las ideas vieron en aquel hombre el talante (no es cosa de ahora, ya ven) y el talento para insuflar a esta Villa un poco de vida. Madrid, bajo su mandato, bajo los dictados de su vara, no era la ciudad cruel, hosca, tosca, malencarada y soez que ahora padecemos. Con Tierno Galván (y probablemente con Manzano también) los Madriles tenían ciertas señas de identidad, un sentimiento común marca de la casa. Entonces, hace mucho tiempo, oí a Tierno Galván asegurar que se consideraba muy progresista en lo político, pero que era un conservador en los usos y costumbres sociales, es decir que estaba bien educado. De ahí su traje cruzado, sus maneras de otro siglo, aquellos bandos en los que aleccionaba al pueblo con sabiduría y con ternura, pero con temple. Quizá fue tan sólo un iluso, un alcalde antiguo, un enemigo de esa modernidad que se escribe a golpe de tuneladora. Madrid necesita patos: del civismo, de la ilusión, de un proyecto común. Madrid está habitada por cuatro millones de almas en pena, de almas en doble fila. Algún día volveremos a ver la luz al final del túnel.