A todas las mujeres del mundo, excepto a las del primero. El punto en el que nos hallamos nosotras, las del primer mundo, no es ese (o no debería serlo) en el cual empezamos a dejar de vernos como víctimas, para recuperar la autoestima y la dignidad. Ese debimos rebasarlo hace muchos años. Estamos obligadas a ello por nuestra posición económica y cultural. Nuestro acceso a la educación nos exige ir mucho más allá del martirio o el sacrificio en proceso de superación. En nuestras sociedades, “civilizadas y avanzadas”, occidentales, no ser conscientes de nuestra fuerza evidente, es un acto de cobardía y de responsabilidad enorme en el mantenimiento de la dominación machista.
Que hubo, que hay y que habrá mujeres haciendo cosas importantes para que este mundo sea mejor debe constituir para nosotras una certeza, que ya no ha de formar parte del discurso feminista, porque supone un paso atrás. De ahí debimos partir hace demasiado tiempo como para mantenerlo como centro de nuestras reivindicaciones.
Pensemos entonces en cuál es nuestra verdadera responsabilidad, nuestra verdadera lucha: creo que se trata más bien de la lucha contra nosotras mismas, de una revolución interna encaminada a superar estereotipos y esquemas de miedo y conservadurismo. Esos que formaron parte de nuestra formación como engranajes de unas sociedades arcaicas que no son capaces de absorber nuevas dinámicas y formas de organización. Ahí está nuestra tarea. Y más allá del diagnóstico, cabe preguntarse, a qué tememos y por qué permitimos que ese miedo permanezca instalado en nosotras. ¿A qué nos enfrentamos cuando ponemos de manifiesto nuestra libertad y nuestro derecho a poseer nuestra vida, nuestros cuerpos y nuestros sentimientos? A NOSOTRAS.
¿Cómo es posible que se escuchen aún cosas como: “es un buen hombre, me AYUDA mucho en casa? O como: “esto nunca va a cambiar porque, desengáñate, los hijos son de las mujeres”. Ya está bien de hipocresía. Mientras mantengamos esas estructuras socio-familiares nada cambiará. Y lo peor es que no daremos ninguna oportunidad a las que vienen detrás, a las que llegarán en generaciones venideras y sobre todo las que ahora emprenden el difícil camino de la emancipación, las mujeres de todo el mundo no occidental, las de la pobreza, las del analfabetismo, las de la incultura. Por todas ellas estamos obligadas nosotras a dar un paso más allá.
Dejemos de sentirnos como parte débil de nada. No sólo nos somos débiles, ni siquiera somos parte. Somos un todo. Una entidad completa que no necesita complemento para existir o para realizarse. El día que comprendamos esto algo se habrá transformado objetivamente.
Pero para esto es necesaria la renuncia a tantas cosas aprendidas y consideradas como imprescindibles en nuestro “ser mujer esencial”, que la sola aproximación a la idea produce vértigo. Esta es pues nuestra auténtica lucha. A partir de esta autoconcepción como “seres completos” surgirán relaciones de plena igualdad con los hombres y con el resto de las mujeres.
Tenemos el punto de partida ganado y los recursos necesarios para ello: educación, inteligencia, cultura y medios económicos. El ejercicio es pues, mental. Sólo nuestro cerebro detiene nuestros pasos. Y ese detenimiento significa nada más y nada menos que aceptación del MALTRATO. La permisividad hacia el ultraje y la humillación. Y no necesariamente, exteriorizados en palizas, sino en simples palabras y tratos sencillos y cotidianos para muchas mujeres: “Tú cállate que no sabes lo que dices” “Eres tonta y me necesitas porque no sabes estar sola” BASTA YA Demostremos que esto es absolutamente falso pues no hacerlo significa ser CULPABLE del machismo que nos rodea.
Dibujo "The Pathetic Death of Machismo" de Jenny Schmid.