Una reflexión sobre “La Fiesta del Chivo”, el libro de Mario Vargas Llosa. Me fascinó su referencia a la incidencia de la opresión y la privación de libertad en los aspectos más internos, subjetivos y esenciales de las personas.
Encontraron su cuerpo recostado en la roca. Su mirada, incluso después de que la vida la hubiera abandonado, antifascista. No consiguieron acabar con la libertad que sus ojos reflejaban. Murió con la tranquilidad de no saberse vencida, y tan sólo le perturbó en esos últimos momentos, la inquietud que le producía no haber podido contemplar los ojos de Pedro. ¿Habrían logrado mantener ese brillo apasionado y libertario? “Si, seguro que si, hay cosas que nunca se apagan”. Fue el último pensamiento que cruzó por su mente.
En aquellos días solía repetir, con ese tono entre desafiante y socarrón: “mi mirada, mi sonrisa y mis amores son antifascistas”. Y al segundo, una sombría expresión nublaba la burla provocadora: ¿Podrían estos ojos resistir la subyugadora mirada del Chivo? Aquel pensamiento le atormentaba. Sabía del poder de aquellos ojos negros penetrantes y profanadores. Le abrumaba la idea de que tantos otros antes que ella, hubieran sido desnudados, despojados de la última y más privada dignidad del ser humano. De que tantos otros, y tan osados, hubieran sucumbido a aquellos repugnantes ojos insolentes que violaban la más preciada virtud del hombre: su integridad y su conciencia.
Solía hablar de esto con Pedro, que como ella, buscaba ansiosamente una salida. Ellos, como tantos otros, eran y se sabían seres libres incapaces de vivir con aquellas pesadas cadenas que lastraban sus pasos. Pero a diferencia de otros, decidieron que, llegado el momento, morirían por lo que creían. Con aquel estado de cosas, estar vivo era una condena y la muerte se ofrecía incluso como una liberación.
Lo más grave de todo, solían decirse, era que la constante violación de sus derechos fundamentales, a la que el Dictador les sometía, no era ese concepto vano y solemne que figuraba en todos los tratados de derecho internacional y en todas las declaraciones políticas de buenas intenciones. Era algo mucho más hondo y doloroso que atacaba a lo más profundo de sus entrañas. Su intimidad. Nunca la palabra “violación” había cobrado un significado tan terriblemente intenso y lleno de contenido. Intimidad. Integridad. Esencia. Dignidad. Conceptos todos ellos ultrajados. La destrucción de lo que tenía de humana nuestra existencia. Esto significaba vivir bajo el yugo del Chivo.
Todo lo demás carecía de importancia. No había nada más. Política, Economía, Derechos Sociales, Libertades Individuales… Todo era hueco sin la intimidad.
Los días transcurrían con la misma opresión perpetua rodeando cada pequeña cosa, cada ser vivo, cada individuo, cada palabra, cada acción, cada respiración. Se infiltraba por cada rendija, por cada poro de la piel. Y llegaba a lo más recóndito y provocaba aquella sensación gélida que ya nunca les abandonaba. La muerte. No podía ser más oscura que esa desazón intensa. Por eso lucharon denodadamente. Por eso jamás tuvieron en cuenta represalias feroces sabidas e inevitables.
El día en que fueron a buscarlo, ella supo con certeza lo que ocurría, aún en la distancia. Ese poderoso vínculo nunca pudieron arrebatárselo. Sintió la punzada viva y penetrante como si la bala hubiera entrado en su propia carne. Y después el vacío.
Mientras se recostaba en la roca que fuera fiel testigo de sus caricias, pensó en él. Libre. Apartó de su mente torturas, sufrimiento, vejaciones. Quiso recibir a la muerte en calma. Recordando lo único bello que hubo en sus vida. Su amor y los ojos de Pedro vivos e insumisos.
No consiguieron ver muerto al Chivo, pero tampoco el logró matar su deseo ser libres.