Es la voz femenina más legendaria del pop. Durante seis años «aguantó» al lado de Phil Spector, productor imprescindible en la memoria del rock. De ella se dijo que fue al rock femenino lo que Elvis al masculino. La primera musa del pop en conseguir que los fans histéricos se rindieran a sus pies, incluso en el sentido literal de la frase, como un Bruce Springsteen adolescente que se encaramó aun escenario para besar sus zapatos de tacón, como cuenta la bonita leyenda. Los Stones fueron sus teloneros cuando ella llevaba la voz cantante en The Ronettes (el mejor grupo femenino de pop de la historia) y los Beatles las invitaron durante su primera y enloquecida gira americana. Grabó con Lennon, Harrison la adoraba, cantó al lado de Hendrix en su última grabación... en fin. Patti Smith (también presente en el disco) dijo hace años: «De mayor quiero ser como Ronnie». Billy Joel y Brian Wilson son otros de sus admiradores. Y, por supuesto, Madonna también ha dicho esta boca es mía: «Siempre me fijé en sus maneras: sexy, hambrienta, totalmente encelada». Es Ronnie Spector la más legendaria cantante de la historia del rock and roll, con permiso de Janis Joplin. Y ante ella, ante sus 62 años (varios con Phil Spector, lo que le da más mérito) uno cree que se encuentra en una de las habitaciones del Salón de la Fama del Rock and Roll. «Desde luego —cuenta— soy parte de esa historia, de ese mundo que nació en los primeros sesenta. He conocido y he trabajado con los más grandes, qué más le puedo decir». Por sus venas corre sangre irlandesa, piel roja, y negra. Y se crió en un barrio como Spanish Harlem, hervidero de culturas, razas y músicas. Parecía evidente que ese cóctel iba a ser casi molotov, molotov musical. «Lo tenía muy claro, siempre supe que iba a ser una estrella del rock and roll»; dice como si nada. Y lo fue. Porque se cruzó en su camino el Mozart del pop, Phil Spector, el productor que se sacó de la manga el llamado muro de sonido (y a menudo un revólver con el que amenazaba a todo bicho viviente), esto es, convertir una cancioncilla pop en una canción arreglada como si la fueran a cantar los ángeles y esos ángeles fueron las Ronettes. «Nosotras no éramos como el resto de grupos femeninos, como los de la Motown. Éramos mucho más viscerales, con mucho más sentimiento y corazón». Y con mejor vista, sus minifaldas, su sensualidad, y su puesta en escena cargada de inocente sexualidad. «Sí, éramos las más sexys».El título del nuevo disco que ahora publica, «The last of the rock star» (con Keith Richards, Patti Smith, Raveonettes), en muchos momentos recuerda aquellos años, aquel ambiente y aquel sonido». ¿Cómo? Que lo explique ella. «Mi voz sigue siendo inconfundible, es mi voz la que crea ese ambiente». A vueltas con este juguetón álbum de regreso (tras una larguísima temporada «encerrada en un castillo» por sus problemas con el alcohol y las drogas, fruto, «del éxito y la fama», como ella dice) se echa en falta a Springsteen, su primer acólito. «De hecho —dice— fue uno de los que más me animaron en los peores momentos y uno de los que me impulsó para grabar estas canciones. Tanto Bruce como los chicos (la E. Strreet Band) son unos auténticos caballeros».Y de Phil, su disparatado ex marido qué le queda, además de cicatrices. Fría como la nariz de un esquimal, dice: «Era un buen productor, pero es un ladrón». Cuanto más se escucha aquella música (Byrds, Beach Boys, Mamas & Papas, las propias Ronettes...) más moderna e imperecedera parece. «Por supuesto, aquello es irrepetible, nunca existirá nada igual». Si existe, desde luego aún no lo hemos encontrado.
Foto: ABC y AP