Asisto atónita, desde hace un tiempo, al bochornoso espectáculo de la exhibición de publicidad en los autobuses del Consorcio Regional de Transportes. La flota de vehículos ofrece su “espacio publicitario” a marcas de toda clase: compañías de seguros, métodos de adelgazamiento, empresas renegociadoras de créditos, etc. que revisten en algunos casos cada centímetro de su chasis.
Yo me pregunto a quién va dirigida esta publicidad. ¿A las personas que habitan las villas colindantes a la red nacional de carreteras, que serán dotadas de unos prismáticos oportunos para recibir, desde sus ventanas y con el conveniente impacto, el mensaje? Me parece que no. ¿Tal vez, entonces, se nos está instando a desviar nuestra preciada atención de la conducción para dirigirla a absorber convenientemente la información expuesta? ¿No es insólito, dada la actual campaña de represión feroz de la DGT, destinada, al parecer, a proteger nuestras vidas? ¿No resulta irónico que mientras se nos exhorta a no fumar, y probablemente, en breve, a no bajar las ventanillas manualmente, a no conectar la radio o cambiar un CD o a no dar un trago a un refresco, se nos bombardee con mensajes publicitarios?
Si los anunciantes han decidido canalizar sus inversiones hacia este tipo de soporte, no duden que es porque el estudio previo de mercado ha arrojado datos de sobra favorables. La publicidad no arriesga nada y debe estar garantizado el suficiente impacto en la audiencia, lo que significa que la información será correctamente recibida por el receptor, es decir por el conductor y su consiguiente distracción.
¿Cómo es posible que nuestras autoridades tan preocupadas por salvaguardar nuestra integridad, nuestra salud y nuestra ancianidad, no hayan caído en la cuenta de que semejante perdida de concentración por parte de los conductores generará sin duda mayor accidentalidad? ¿No han caído en la cuenta realmente, o los pingües beneficios esperados han nublado su paternalista protección?