De Manuel de la Fuente: Entrevista a Emilio Casares
—Lo de la Universidad y la Música es de tocata y fuga.
—La música ha sido perfectamente ninguneada en la Universidad, y eso es un drama. Como también lo es que durante diez años fui el único catedrático de Musicología, y no lo digo para hablarle de un timbre de gloria, sino de una vergüenza nacional.
—Hagamos historia, si quiere.
—La Musicología está presente en las universidades desde el Cuadrivium medieval (se estudiaba Música, Geometría, Astronomía y Aritmética). Alfonso X El Sabio fue su introductor en Salamanca, y era obligatoria como ciencia del espíritu para los estudiantes de Leyes y de Teología. La catástrofe llega en 1842, cuando Isabel II suprime la Cátedra de Música.
—Más desafinada no ha podido estar la cosa.
—Es terrible. Por ejemplo, toda la clase política ha vivido de espaldas a la música. Felipe González, Aznar y Suárez siguieron un bachillerato en el que se toparon con Kant, Einstein, Cervantes, Goya, como tiene que ser, claro, pero no les enseñaron quiénes eran Beethoven, Falla, Tomás Luis de Victoria. Esto ha sido una rémora tan horrible que si usted me pregunta para cuántos años tengo trabajo aquí en el Instituto pues así en principio yo le tengo que decir que para cien años.
—Es hora de dar el do de pecho.
—Afortunadamente, en estos últimos veinte años la musicología ha cambiado mucho y ahora hay una gran generación de musicólogos estudiando nuestro legado.
—Debe ser un cofre del tesoro.
—Hemos sido un imperio musical de primera categoría. Por ejemplo, aunque sólo se suelan representar sesenta títulos, existen unas diez mil zarzuelas, lo que significa que ha habido un descuido institucional. El niño tiene que ser inducido a la música desde el vientre de su madre y la música tiene que ocupar un lugar central en la enseñanza.
—Me temo, profesor, que tampoco andamos muy sobrados de autobombo, de bombo y platillo…
—Hay que aprender de los austriacos, y de cómo venden a Mozart, y se lo dice un fervoroso mozartiano. Cada equis años tenemos nueva «enfermedad Mozart», que si murió, que si nació, que si resucitó… En España aún no tenemos visión de mercado. No podemos continuar siendo, sobre todo en el teatro musical, meros importadores, podemos y debemos convertirnos en exportadores, porque nuestro teatro musical es muy bueno. Valga este ejemplo: cuando Nietzsche vio una zarzuela como «La Gran Vía» escribió a Wagner a través de su secretario. «Acabo de ver en Turín una obra genial, jamás había visto puesto en música de una manera digna a tres ladrones defendiendo su causa (recuerden, «Soy el rata primero, y yo el segundo, y yo el tercero…»). Dile a ése Wagner que me he encontrado con una música de raza de un pueblo que sabe componer lo suyo». Exportamos literatos, pintores… es magnífico, pero hay que hacer un esfuerzo por aumentar la exportación de la lírica española, sin complejos.
—¿El estado de nuestra música popular es de allegro?
—Goza de un estado de salud magnífico. Los hispanos somo unos genios de la música popular. No podemos olvidarnos de los Beatles ni de los americanos, pero hoy en día nuestra música invade el mundo, de Chicago a Tokio.
—¿Qué música le suena mal?
—Le contestaré con una frase de mi querido Barbieri: «Todos los géneros son buenos excepto el fastidioso…». Lo paso bien con Schöenberg, con Serrat, que me parece un genio (aunque algunos no vieron bien su doctorado honoris causa), me vuelve loco el tango.., Soy musicólogo y tengo que escuchar de todo, soy un catador de música.
—¿Y qué le parece la odiosa «canción del pirata» y la revolución de las nuevas tecnologías?
—Me produce cierto pánico. Por un lado, no se puede negar que las nuevas tecnologías son una herramienta extraordinaria para todos los que trabajamos en la música, pero con ciertos usos y abusos de estas tecnologías se pretende burlar el derecho del creador a cobrar sus réditos por su creación, una labor agónica y expuesta. Porque, desde luego, la vida del músico en España siempre ha sido muy perra.
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