La Coctelera

Max

La Elipa de Colores

1 Febrero 2007

María Toledano: "Apunte literario portugués II"

El deseo es la esencia misma del hombre en cuanto es concebida como determinada a hacer algo en virtud de una afección cualquiera que se da en ella.
Spinoza, Ética, III, Def. I

Un motor rugió. Los gorriones, dormidos en los hilos de la luz, levantaron el vuelo. Varios perros ladraron. Llovía. La furgoneta giró la curva y apareció delante de la casa. Ermelinda alisó los volantes del vestido de la niña, repasó su pelo y le dio un beso. María subió con alegría. La mayoría de los niños iba en silencio a esa hora. Saludó al señor Manoel y se acomodó en un asiento delantero. Las autoridades locales, siguiendo normas del Ministerio de Educación, habían acordado el cierre del colegio que quedaba y la concentración en pueblos cercanos. La madre deseaba, imploraba en silencio, que la niña fuera aplicada y estudiara el bachillerato. Aprender era el único camino para que María, su María, no tuviera que ponerse a trabajar tan pronto como sus hijos mayores. Ermelinda, cada mañana, soñaba un futuro diferente. Según el ánimo y las imágenes que se le cruzaran por la cabeza, María aparecía vestida de enfermera, secretaria en una empresa, quizá maestra. Un porvenir, en cualquier caso, fuera del pueblo. Una vida sin resentimiento. Una vida. Llovía en Moure. La furgoneta se alejó. Llovía.

Encendió un cigarrillo. Tenía irritada la garganta y no había dormido. El humo recorrió los pulmones con sensación de cuchillo. Tosió. En la última revisión reglamentaria el comandante médico le había recomendado reposo y dejar el tabaco. Reposar, masculló, y precisamente hoy. No podían fracasar. Estaba en juego el fin de la guerra que la dictadura mantenía en África -Guinea, Cabo Verde, Santo Tomé, Angola y Mozambique- y si todo salía bien -en una segunda fase definitiva, ya se vería la reticencia de la oligarquía- la propiedad de los medios de producción, el desarrollo integral del territorio, la igualdad y la justicia, la estabilidad económica. Sedición, sublevación, insubordinación, desobediencia, indisciplina, alta traición. Esas palabras flotaban en su cabeza cuando abandonó el barracón. Sedición, alta traición. Y la posible venganza, la involución, organizada por la PIDE, la policía creada a imagen y semejanza de la Gestapo, allá por los primeros años cuarenta. El capitán Salgueiro Maia, había sido encargado por la dirección del Movimiento de las Fuerzas Armadas de tomar los puntos neurálgicos de la capital. A él, le habían ordenado el control del puerto. La operación estaba diseñada para neutralizar la cadena de mando. Nazario aspiró con violencia el cigarrillo, tragó el humo, y lo arrojó lejos. El sargento formó la tropa y comentó las incidencias. Ciento cincuenta, mi capitán. Gracias, sargento. Continúe el entrenamiento hasta las nueve. Después, a eso de las nueve y media, los quiero aquí de nuevo, bien aseados, con el arma reglamentaria y munición. Eso es todo, sargento. A sus órdenes. ¡Compañía, descanso! Los soldados, que habían permanecido firmes mientras el capitán Pinto y el sargento despachaban en voz baja, adoptaron una posición relajada. Joao, por hacer algo, miró la hora. Faltaban unos minutos para las siete y cuarto. El reloj se lo había regalado Margarida.

Un crucifijo presidía el dormitorio. La cama deshecha sólo por un lado; una colcha blanca, limpia. En la mesilla de noche, sobre un tapete de ganchillo, un vaso con una leyenda grabada en letras doradas: Recuerdo de Lisboa. Joao, su marido, no había dormido en casa. En realidad hacía muchas noches que no aparecía. Trabajaba en la construcción y, en esa época del año, andaba con su cuadrilla terminando unos apartamentos en la costa. Cuando no era una faena era otra. Cada vez pasaba menos tiempo en casa. Había abandonado hasta la huerta, con la de horas que había pasado adecentando el terreno. Es cierto que la camioneta era del maestro de obras, un tal Veloso, y que no podía usarla a su antojo pero eso, pensaba Ermelinda, no era excusa suficiente. Veloso era un buen hombre dispuesto siempre a hacer favores. Además, podía haberse llevado la motocicleta. Si quisiera vendría. A Joao le gustaba quedarse a dormir donde trabajaba. Al terminar el día se juntaban los que no eran del pueblo, bebían aguardiente, jugaban a las cartas y luego, entrada la noche, a Joao le daba pereza. Ermelinda colgó las sábanas de la ventana. En un marco de plata, sobre la cómoda, estaban sus tres hijos. Joao, Emilia y María miraban a la cámara. La fotografía se la hicieron hace unos años en Viana. Parecían felices con sus helados. Era domingo.

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María Toledano

María Toledano dijo

Como siempre, Sr Martini, gracias por el interés que muestra por mis cosas.

Un fraternal saludo,
María Toledano

1 Febrero 2007 | 03:41

Pedro A. Martín

Pedro A. Martín dijo

Quisiera saber Dª María, sin van a continuar los “apuntes literarios portugueses”. Si son entregas o son parte de un todo. A mi, particularmente, siempre me quedará Portugal y no el París de “Les Deux Magots”, ya sabe, en el cual emborracharse sale por un ojo y medio de la cara. Si acaso el de Humphrey Bogart.
Gracias y salud.

5 Febrero 2007 | 12:40

María Toledano

María Toledano dijo

Apreciado Pedro A Martín,

París es el exilio. El frío.
Portugal es un país atormentado por su propia condición. Recuerdo el 74.

Es posible -si a usted y sus lectores les parece bien- que le entregue en breve, otra entrega portuguesa.

Cordialemente,
MT

5 Febrero 2007 | 09:51

Mariola

Mariola dijo

A mi también me parece muy bien que nos entregue usted, no una, sino varias entregas mas de sus "apuntes". Disfruto leyéndola.
Gracias.

6 Febrero 2007 | 01:09

María Toledano

María Toledano dijo

Gracias, Mariola.
Su interés por mis apuntes me agrada mucho.
Un saludo cariñoso.

María Toledano

7 Febrero 2007 | 01:39

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