María Toledano: "Apunte literario portugués IV"
"El alma no se conoce a sí misma sino en cuanto percibe las ideas de las afecciones del cuerpo"
Spinoza, Ética, II, prop. XXIII
La mesa estaba desordenada. Copias de informes, dos ceniceros, varias tazas de café, libros abiertos, recortes de periódicos, viejas revistas y un grueso cuaderno negro. Como cualquier otro oficial con un destino burocrático, pasaba muchas horas encerrado en su despacho. No le gustaba el juego, no bebía mucho, casi nada, ni sentía especial interés por demostrar su hombría en los burdeles de la carretera. En realidad, Pinto era una especie de funcionario militar aficionado al café y al tabaco. Acudía al trabajo -como él mismo repetía a sus amigos íntimos-, desarrollaba las tareas y abandonaba el cuartel vestido de civil salvo cuando le tocaba ejercer de oficial de guardia. Esas noches, quitando la reglamentaria ronda de inspección de los puestos de vigilancia, no salía de su cuarto. Nazario Pinto no era bien visto por sus superiores que, sin embargo -siendo hijo de quien era- no tenían más remedio que aceptar la situación: compartir mesa y actividad con un oficial sospechoso, demasiado preocupado por adecentar la biblioteca del cuartel. Desde que entró en la academia -por imperativo familiar- no había mostrado interés alguno por las materias impartidas ni, una vez alcanzado el grado de teniente, había solicitado un curso de perfeccionamiento o capacitación. Huía del ejercicio físico y se mostraba reacio a las maniobras. Era, como le advertía el coronel con una palmada en la espalda, una anomalía militar. Gomes Luso había servido, con orgullo -repetía- bajo el mando de su padre.
Nazario no estaba enamorado de su mujer, quizá nunca lo estuvo. Ni siquiera la quería. Se había casado al enterarse de que estaba embarazada y, pese a que Ana Patricia perdió el futuro niño montando a caballo en un accidente cuya premeditación no escapó a su desconfianza, no dijo nada. Para qué. Ella nunca sintió interés por él. Una vez roto el anterior compromiso matrimonial con un joven y rico aristócrata que apareció borracho y desnudo -drogado dijeron algunas lenguas- en la playa de Estoril tras una fiesta, su posición exigía una boda rápida. Era urgente acallar los rumores. El revuelo que causó la ruptura del noviazgo -una sorpresa- fue todo un acontecimiento social. Aurelio Baraga de Vasconcelos, el padre del novio, no consideraba que Ana Patricia, por guapa y seductora que fuera -decorativa y frígida, decía en el bar del club náutico-, por mucho dinero que tuviera su padre, un constructor enriquecido con la especulación inmobiliaria y las concesiones públicas, pudiera ser una esposa digna de su hijo. Recapacita y piensa con frialdad, hija, animó su madre, que el matrimonio es asunto capital y tú no eres ya una niña. Nazario Pinto es hijo del general Nazario de Aveiro, aquel señor con perrilla gris que conociste en casa de los Mora Lima, y parece buen chico, insistió. No tiene novia y no se le conocen vicios. Ya sé que parece un hombre reservado y tampoco su paga es elevada, pero estoy segura de que ascenderá pronto y no te dará demasiados problemas. Además, continuó, será un buen padre. Un rápido noviazgo, alentado por el interés común de ambas familias, dio paso a una boda con doscientos invitados y una tarta de color rosa. Nazario, casi sin darse cuenta, terminó casado y con un destino en África.
Cerró un grueso tomo encuadernado en piel azul y lo colocó a su izquierda, junto al ejemplar del Diário de Notícias. Pidió un café a su asistente Monteiro y descolgó de nuevo el teléfono. Marcó el número de Encarnación. No contestaba. Eran las nueve menos cinco.
Margarida Ferreira.
Rua Nova, 8
Barcelos
Querida Margarida:
Espero que cuando llegue esta carta te encuentres bien, así como toda tu familia. Yo por aquí no me puedo quejar. La herida que me hice en la pierna, cuando me caí en una zanja haciendo prácticas de asalto en campo abierto, está cicatrizando. Los oficiales me tratan bastante bien, tengo buenos amigos y la comida, una vez que te acostumbras a la grasa de los cocineros de por aquí, no es tan mala como dicen. Me dijo tu hermana Antonia que no querías ponerte al teléfono y por eso no te he llamado más. Para no molestar. Te escribo aunque no sé si te llegará la carta. Espero que sí. Esta buena letra no es mía, que más quisiera yo, es de mi amigo el negro Asunçao que tiene la mano firme, escribe recto sin tachones y no pone demasiadas faltas. Él no quería escribir esto pero le he obligado para no engañarte y para que no pensaras que era yo el que escribía. Yo le ayudo con el fusil porque no se le da muy bien armarlo y desarmarlo para comprender cómo es por dentro. El sargento instructor dice que el interior del fusil guarda tantos secretos como el alma de una mujer bonita pero, la verdad, a mí eso me parece una tontería.
Bueno, Margarida, quería decirte que te echo de mucho menos y que me gustaría que todo fuera como antes de que me dejaras. No sé si será posible, pero tenía ganas de decírtelo. Me gustaría que te acordaras de mí, al menos un poco. Me acuerdo mucho de ti. Me acuerdo todos los días, casi todos los minutos del día. No puedo pensar en otra cosa ni siquiera cuando hago ejercicio y acabo agotado y las piernas tiemblan y no me aguantan. Pienso en ti cuando me levanto y cuando me acuesto, y me duermo casi todas las noches agarrado a la almohada. A veces sueño contigo y me da mucha rabia despertar. Me gustaría que el sueño durara todo el tiempo, aunque no despertara más, y ser felices como cuando decías que morirías de pena si me pasaba algo. Me acuerdo mucho también de tu casa y de tu portal, de tu familia y de los árboles que están frente a tu ventana y que tanto te gustan. Llevo puesto el reloj que me regalaste por mi cumpleaños, y guardo en la taquilla, bajo la ropa limpia, las flores secas y las dos piedras bonitas, aquellas blancas y lisas que recogimos una mañana cerca de Ofir, ¿te acuerdas? Tú me decías que eran regalos que el mar enviaba a los enamorados. Yo nunca he sabido decir cosas bonitas, ni a ti ni a nadie, qué más quiera. Cada vez que miro la hora te veo en la esfera blanca. Se ha rayado un poco con el roce del correaje pero funciona bien. Es un reloj muy bueno y lo cuido mucho. Le doy cuerda todas las noches y algunas veces, cuando me entra la pena y me saltan unas lágrimas, le doy un beso. Por aquí me dicen los amigos que tengo que despabilar y que cuando el amor se acaba y la chica te deja pues a otra cosa. Se busca uno otra novia y en paz. Que lo que sobran son mujeres. Igual que la aspirina quita el dolor de cabeza, los médicos deberían inventar una pastilla para que se borraran de la memoria, de repente, los malos recuerdos y las pesadillas. A lo mejor ya te has echado otro novio y eres feliz paseando y bailando con él. En dos semanas tengo tres días de permiso. Ya he sacado el billete para el autocar. Tengo muchas ganas de ver a mi madre y a María. También me gustaría mucho acercarme a tu casa pero no creo que sea una buena idea.
Te quiere como siempre,
Joao
Batallón Duque de Leça do Bailio, 2ª Compañía.
Lisboa a 1 de marzo de 1974
Con un trapo húmedo limpió el polvo del marco, beso la fotografía y la devolvió a su sitio. Después se santiguó tres veces besando con fuerza las yemas de los dedos. Los ojos de Ermelinda recorrieron la habitación y quedaron atrapados en el espejo. Como si quisiera encontrarse, repasó su rostro con atención. Su cara ya no conservaba la lozanía de otras épocas, quizá más felices. Sin saber por qué recordó el día de su boda. Llovía. Comieron en unas largas mesas de madera que trajo un tío de su madre de Braga y rieron. Aquel vestido tan bonito, su peinado, el banquete y las atenciones de Joao. Ese día fue feliz. Le quería con todo su corazón. Ahora tenía los mofletes hundidos, ojeras, un ligero color amarillo y arrugas en la frente. Se podía decir que sus labios habían desaparecido y de la larga melena negra sólo quedaba un moño escondido en un pañuelo. María, su María, tendría otra vida. Un caracol trepaba con esfuerzo por la ventana.
"Apunte literario portugués II"



María Toledano dijo
Gracias, don Martini.
Usted siempre tan amable.
M Toledano
26 Febrero 2007 | 09:48 PM