María Toledano: "Apunte literario portugués V"
La alegría es el paso del hombre de una menor a una mayor
perfección.
Spinoza, Ética, III, def., II
La segunda vez se encontraron en casa de Rui Lopes en la Rua do Carmo. Era un piso oscuro y recargado. Salas contiguas decoradas con cortinas de cretona y muebles de otra época, máscaras africanas, una colección de elefantes con la trompa hacia arriba, fotografías teñidas de recuerdos, sofás desvencijados y sillas forradas de tela, miles de libros desordenados, algún vaso sucio junto a un tratado de derecho administrativo, porcelanas de China y tejidas telarañas. En el salón principal, una habitación inmensa con cuatro balcones a la calle cuyo suelo crujía pese a las tupidas alfombras orientales, sobre la chimenea, colgaba un frío retrato de una mujer. Desde que enviudó, seis años atrás, la casa perdía lustre pese la dedicación de Suria, una caboverdiana octogenaria que trataba al catedrático como si fuera un hijo. Suria llevaba más de cincuenta años al cuidado de la intendencia doméstica.
El viejo, un hombre nacido para la conspiración y el protocolo -es lo único que nos queda, repetía, si el poder es sólo una posibilidad- había convocado una reunión de amigos con fin de eliminar ciertos malentendidos que circulaban entre los grupos más importantes de la oposición. Pequeñas diferencias sin importancia, explicaba sin dejar de sonreír, matices, cuestiones formales que quedarán solucionadas ante un vaso de vino. Con suma discreción, en unos casos a través de intermediarios o gracias a sus variadas relaciones, reunió una docena de personas aquel sábado por la tarde. Nazario Pinto llegó puntual, quizá un par de minutos tarde. Llamó al timbre dos veces. El sonido le sobresaltó. Era estridente, quizá demasiado agudo. Cerró los ojos y respiró hondo. Los goznes de la puerta giraron. Es un placer recibirle, amigo Ribeiro, saludó Rui Lopes. Pase, pase. Creo que ya conoce la casa y a la mayoría de los presentes. En ese instante, Encarnación entró en el salón por una puerta lateral que daba paso a las habitaciones interiores con un par de carpetas de papeles, un pitillo en la boca y un largo vestido negro. Parecía cansada, con las gafas en equilibrio sobre la punta de su nariz. Querida amiga, ¿recuerdas a nuestro amigo Ribeiro? Claro, respondió mientras le tendía la mano. Le escuché hace un mes en... Sí, atajó, una intervención, como usted misma dijo, interesante. Encarnación bajó la vista y sonrió con ironía. Me alegro de verla, apostilló Nazario. Yo también me alegro, señor Ruibarbo. Cuando Nazario quiso reaccionar ella ya le había dado la espalda.
Tomaron asiento alrededor de una mesa oval. Salvo los comentarios de un abogado, el único que llegó un cuarto de hora tarde, uno de esos burgueses que tanto daño habían causado al país con su silencio, pensó Nazario, y cuyas intervenciones sólo causaron irritación entre los asistentes debido a la absurda pretensión -una propuesta rechazada por unanimidad- de informar al descendiente de la monarquía española en el exilio del estado de la situación, el encuentro concluyó de forma satisfactoria. Los presentes, tras más de dos horas de intensas discusiones conducidas con astucia por el anfitrión, se estrecharon las manos. A eso de las nueve de la noche los invitados comenzaron a marcharse poco a poco dejando un lapso de tiempo prudencial entre ellos. Nazario se quedó rezagado sin darse cuenta, ensimismado, contemplando las estanterías. Sorprendido al ser el último en salir -Encarnación doblaba un plano de la ciudad al fondo del salón- se levantó impulsado por un resorte. Quédese a cenar, dijo Rui Lopes. Y tú también, Encarnación, querida. Creo que Suria tiene algo preparado. No acepto excusas, Ribeiro. Es descortés contrariar a un viejo hospitalario. El anfitrión parecía inquieto. Para animar la cena recurrió a anécdotas de su carrera profesional, los exámenes de la cátedra y sus primeros dictámenes oficiales, su fugaz paso por el ministerio de educación como director general, los felices tiempos de agregado cultural. Tras varios vasos de vino, recordó a su mujer, Luisa, y la soledad que sentía encerrado entre recuerdos. Había servido al régimen con lealtad y distancia en puestos menores, como acostumbraba a decir, y ahora, cuando la situación política era insoportable incluso para su cínica sensibilidad social, se mostraba crítico con el gobierno en artículos y conferencias. Parecía que estuviera dictando su necrológica, dejando constancia de quién era para la memoria de los presentes. Sin ser un destacado opositor, Rui vivía bajo vigilancia. Un discreto control policial que le hacía sentirse, todavía, importante. Encarnación miraba al invitado con curiosidad, una curiosidad que, a medida que la cena avanzaba, se volvía insistente. El capitán Pinto se mantuvo en silencio. Le dolía la cabeza. Comieron arroz con verduras y un pescado que Nazario no consiguió reconocer. A los postres, un surtido de la mejor repostería lisboeta, Encarnación y Rui tomaron café y una larga copa de coñac. Nazario, café solo y agua. Unas campanadas lejanas anunciaron las doce. Nazario se puso de pié. Agradeció la cena y susurró una excusa para marcharse. Mañana tengo un día duro. Estupenda velada, sonrió Rui, permítame que le acompañe hasta la puerta. Encarnación recogió el bolso, se puso el abrigo y abrazó al viejo con cariño. Mañana hablamos, profesor. Seguro que a nuestro amigo Ribeiro no le molestará acompañarme unos metros. Será un placer, murmuró.
Encarnación no era una chica feliz aunque hiciera constantes esfuerzos por serlo. El monótono trabajo con los alumnos, rodeada de rancias damas de rosario y falda tableada, no le satisfacía. Una vida en blanco y negro, sin contrastes ni requiebros. Obligada a mentir sin tregua, llevaba una triste doble vida. En el colegio no conocían sus relaciones ni las afinidades con una parte del movimiento opositor. Eso hubiera significado una denuncia, el despido. Nos llevan a la ruina, explicaba sor Angustias, la subdirectora. Mano dura o esta gentuza acabará con este católico país.
El árido libro sobre España estaba estancado -hacía varios meses que carecía de ilusión para seguir- y su círculo de amistades era escaso. Había tenido un novio varios años pero nunca se plantearon casarse. Él no quería tener niños y quizá tampoco la quería como a ella le hubiera gustado. Encarnación era una chica difícil, inteligente e insegura. Desde hacía un par de años frecuentaba la casa de Rui. Se hacían compañía. Hablaban de libros, de la soledad, de la estructura económica portuguesa y del desarrollo del territorio. Charlaban de todo y bebían coñac.
"Apunte literario portugués II"
"Apunte literario portugués III"



Mariola dijo
Levantarse y leer lo que escribe es una buena manera de comenzar el día. Gracias.
20 Marzo 2007 | 11:44 AM