Si la historia del cine español fue, durante mucho tiempo, un campo de batalla donde se escenificaba la lucha entre lo decible y lo que se quería decir, entre la expresión libre y las fuerzas de la censura, La caza de Carlos Saura es tal vez una de las películas que mejor resume esas tensiones y heridas. Hoy tal vez pueda verse como una parábola política que resulta esquemática, ingenua o demasiado airada, poco reflexionada. Pero quizá esa visión provenga más de la evolución que ha sufrido el contexto en que la película es percibida que de su naturaleza intrínseca. Curiosamente, la cinta de Saura conserva –pese a lo que pueda haber cambiado la sociedad española en estos cuarenta años– una rara fuerza, un poder de atracción que va más allá de la lectura política que podía hacerse de ella en su momento.
La caza saca a la luz raíces culturales, producto de un turbio atavismo, que están más allá de situaciones sociales o momentos históricos concretos; escenifica bárbaros rituales de virilidad que existen desde que el mundo es mundo y que en muchos casos aún no han desaparecido; constata relaciones de poder y un sentido de la propiedad privada que son la base de buena parte de las sociedades en los países desarrollados. La fábula, la alegoría o la parábola –sea cual sea el término que queramos aplicarle– carece, por otra parte, de la transparencia propia de un texto que aspira a significar otra cosa, que no quiere ceñirse al aquí y ahora. De hecho, en La caza el aquí y ahora adquieren una importancia, un protagonismo, raras veces conseguidos por nuestro por cine: el lento deslizarse del tiempo por el plano, las superficies que desbordan la pantalla, los sonidos que envuelven al espectador en una experiencia sensorial y física que opaca cualquier interpretación simplista que aspire a sustituir la forma por el mensaje. El aparato formal de La caza –su innovador y sorprendente empleo de la música, el montaje y la fotografía– se erige arrogante contra su propio fondo, adquiere una significación que termina siendo visionaria, sobre todo si tenemos en cuenta las expresiones de un cine como el de hoy, tan fascinado por mostrar todas las rugosidades y capas de lo externo como única forma posible de indagar en una profunda desazón interna.
Roberto Cueto (Director del curso)
4 comentarios
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Grande Saura. Je, pensar que la censuraron por llamarse "La caza del conejo". Menudos salidos estaban hechos... Bueno Max, supongo que pegarás el pedazo artículo que se ha marcado hoy Delafú en ABC, ¿no? Solo le faltó poner, en la letra de "Chelsea Hotel", el mítico verso de la mamada, aunque a ti estas cosas te dan repelús, ¿no? Salu2
No sabía yo lo de "La caza del conejo", parece el título de una peli del Postas. Fú no escribe sobre mamadas, es un tipo serio y no como nosotros...je, je.
Salud amigo.
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