"El Mercado de Las Pulgas"
Tomaba el tren de las 16.30. Llegó a la estación con tiempo suficiente para buscar el andén, despacio, sin hacer ruido. En Paris, pensó, todo es demasiado grande. Las ausencias, más.
Esa mañana se vistió con parsimonia, sin reloj. La falda de cuero negro, las medias también negras y el suéter encima de la piel y debajo de la cazadora que aquel día , dos años atrás, había comprado a un inmigrante paquistaní en el mercado de las Pulgas. Cuando conoció a Nadina.
Ya en el taxi, que encontró con dificultad, se encontraba angustiada, mal. Sabía de vacíos, de días extremos, horas de cien minutos y segundos eternos. Y sabía las razones.
En el mostrador de información de la estación le dijeron el número del andén. Estaba lejos y andaría. Lo hizo sin esquivar a todos esos cuerpos sin rostro, era esquivada. Pasaba todo lento, las voces, los colores. Cuando entregó el billete a quien se lo reclamó lo hizo sin dejar de mirar por la ventana del tren como si aún perteneciera al mundo del otro lado del cristal. Después llegaría el traqueteo del tren en marcha que se confundía con el latido de su corazón, pausado, regular, sin alteración, sin vida. No pensó durante el viaje. Se dejaba acompañar por las imágenes confusas de dentro y de afuera. Sin ver, sin mirar, respirando despacio con esa sensación en los parpados que anuncia inundación y naufragio.
Pronto comprendió que no debería haber tomado ese tren esa tarde. No llegaría a ninguna parte. Jamás. Las ausencias no desaparecen: lo son. Se perpetúan en la piel como los tatuajes de siempre, imborrables.
Lamentó haberse puesto la falda de cuero negro, las medias también negras y el suéter encima de la piel y debajo de la cazadora. No de haber ido alguna vez al mercado de Las Pulgas.
Pedro A. Martín
Foto: MaxMartini


AltoVolta dijo
Oh la, la, Max. Paris "yeteim". Sobre todo tras ver Ratatouille. Feliz vuelta a los madriles, amigo. Salu2
14 Agosto 2007 | 12:17 PM