Paladín del primer Romanticismo, atleta, después, del clasicismo grecolatino («al fin he comprendido el mármol», escribió tras su trascendental viaje a Italia). Motor, a toda máquina, de las dieciséis válvulas de la más urgente modernidad, masón, funcionario, científico, novelista, dramaturgo, poeta, enamorado, despechado, geólogo, óptico, químico, osteólogo, meteorólogo, conservador («prefiero la injusticia al desorden»), curioso profesional (y vocacional), poco o nada habría sido de la civilización occidental contemporánea sin el hercúleo esfuerzo intelectual de Johann Wolfgang von Goethe. Un intelectual de los de antes de la guerra (las napoléonicas), de los que ya no se hacen.
Lo pintó todo en nuestra cultura, y lo pintó también, pero al pie de la letra: pinceles en las manos, acuarelas y plumier. Y lo hizo en dos mil dibujos, setenta y cinco de los cuales han viajado hasta Madrid para instalarse en el Círculo de Bellas Artes, en la muestra «Paisajes», apasionante y apasionado recorrido por la obra gráfica del coloso cultural alemán. Muestra que ha comisariado Javier Arnaldo, con la coordinación de Hermann Mildenberger, conservador de la Klassik Stiftung Weimar. La exposición ha sido organizada por el Instituto Goethe, la embajada de Alemania, y el propio Círculo y cuenta con el alto patrocionio del Rey Don Juan Carlos y el Presidente Federal de Alemania, Horst Köhler.
«Que siempre me apaciento soñando en los fenómenos de la Naturaleza -escribía el autor de «Fausto» a Charlotte von Stein el 11 de agosto de 1777- y en el amor hacia usted puede verlo en lo que adjunto (un dibujo)». Durante cincuenta largos años Goethe no dejó de pintar en los ratos más o menos libres que le dejaba su hiperactivo cerebro, y su apretada e ilustradísima agenda. Pintó paisajes y marinas, campos y campanarios, trazó estudios de las nubes, de las rocas y hasta elaboró su propia teoría de los colores, porque nunca quiso morder de la manzana de Newton al respecto. Nunca entendió la pintura como una actividad profesional (aunque por lo esbozado en la muestra se habría ganado más que bien la vida) sino que fue un «fotógrafo» al filo de la actualidad.
«Sentimiento y naturaleza» es la primera estación de este apasionante viaje, y en ella Goethe retrata paisajes de Sajonia y Hessen. «Nocturnos» es la siguiente etapa (paisajes bajo la luz de la Luna), y «El todo visible» el siguiente paso, una zancada con la que el poeta alemán se nos descubre también como avezado senderista con sus detallados dibujos del paisaje de la montaña. «El apacible y espléndido instante, el entero mundo envuelto en nubes y niebla, y arriba todo serenidad» escribe en sus diarios (10 de diciembre de 1777).
Entre 1786 y 1788 Goethe viajó a Italia, se cayó del caballo de sus furias románticas y atisbó la luz del clasicismo, sin perderse por ello detalle de los telúricos paisajes volcánicos de Sicilia. En el apartado «Conocimiento y visión» el genio alemán se muestra como un filósofo de la Naturaleza, que también se detiene y maravilla ante la formación de cúmulos y cirros, al tiempo que aborda «El paisaje como poema», título del último escenario de la exposición.
Unas jornadas («Goethe: Naturaleza, arte y verdad»), un Congreso y un ciclo de cine (con joyas de Mélies y Murnau) redondean una muestra que va a ser de faustísimo recuerdo.
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